"¿Tropezáis con uno que miente?, gritadle a la cara: ¡mentira!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que roba?, gritadle: ¡ladrón!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a quien oye toda una muchedumbre con la boca abierta?, gritadle: ¡estúpido!, y ¡adelante! ¡Adelante siempre!"
Éste era uno de los libros favoritos de mi abuelo. A menudo me contaba maravillas de él. Opinaba, con toda la razón del mundo, que existía demasiado estudio alrededor del Quijote, demasiada enredadera discursiva dándole vueltas a los dos tomos y que, seguramente, Cervantes se reiría con ganas de tanta interpretación; pero que Unamuno era distinto, que en esta obrita, Don Miguel, conseguía llegar al alma del Ilustre Hidalgo.
Mi abuelo hace más de tres años que ya no está. Aquél libro no he vuelto a verlo en la estantería donde lo guardaba. No creo que estuviese muy de acuerdo con otras obras de Unamuno, ideología le obligaba. Pero estas palabras me lo han devuelto hoy, y me han llenado de una fuerza inmensa; todo parece oler a Montecristos y a Varón Dandy, a risas cortas y a abrazos fuertes, a trajes cosidos por Ino y a sombreros para el invierno, a pasos pequeños y alegres, percusionados por un bastón que apenas toca el suelo. Y ahí va, sonriente, mientras se agarra de su brazo la mujer de los ojos de color violeta. Adelante, abuelo, adelante siempre.